La intensidad del azul que Klein buscaba no era fácil de conservar sobre un lienzo. El pigmento ultramarino, cuando se mezcla con los aglutinantes tradicionales de la pintura, pierde gran parte de su característica luminosidad. El resultado es un azul más apagado, menos vibrante. Para un artista obsesionado con la pureza del color, aquello suponía un problema.
Por ello, a finales de los años cincuenta, Klein comenzaba a experimentar con distintos métodos para preservar la intensidad del pigmento. En París conoció a Édouard Adam, un comerciante de colores del barrio de Montparnasse. En conjunto, trabajaron para desarrollar una solución: una resina sintética llamada Rhodopas M, producida por la empresa Rhône-Poulenc. Este nuevo aglutinante permitía fijar el pigmento sobre la superficie sin alterar un ápice de su brillo original.
El resultado era exactamente lo que el joven Klein quería: un azul profundo, mate e imposiblemente saturado. La superficie, con el tono que conocemos ahora, parecía absorber la luz, generando una sensación de profundidad hipnótica. Klein aplicaba el pigmento con rodillo para evitar cualquier trazo, reforzando así la idea de que el color debía existir por sí mismo, sin interferencias del artista. El artista era un mensajero en este caso, no un interventor.
El 19 de mayo de 1960 registró oficialmente el proceso en el Instituto Nacional de la Propiedad Industrial de Francia bajo el nombre de International Klein Blue (IKB). Sin embargo, no se trataba de la patente de un color, puesto que incluso en la actualidad es algo jurídicamente imposible. Firmas como Pantone cuentan con un registro de propiedad intelectual asociado a combinaciones y nomenclaturas, no a pigmentos en sí. Lo que hizo Yves Klein fue patentar la técnica que permitía conservar su intensidad.
A partir de entonces, el IKB se convirtió en el eje de gran parte de su obra. Klein lo utilizó en esculturas, esponjas, globos e incluso en performances. En sus célebres Anthropometries, por ejemplo, modelos cubiertos de pigmento azul presionaban sus cuerpos pintados sobre el lienzo, mientras el artista dirigía la acción como una coreografía. El color había dejado de ser una herramienta; de un medio artístico se convertía ahora en un fin.
Su lenguaje visual de Klein también influyó en el arte conceptual de posguerra. Sus imágenes monocromáticas proponían una idea alineada con las vanguardias: la pintura podía reducirse a una sola experiencia cromática. En lugar de representar el mundo como tal, el arte podía ofrecer un espacio de contemplación y experiencia en sí.
Con el tiempo, su estética se filtró fuera del ámbito artístico. El azul Klein empezó a aparecer en instancias de diseño gráfico, arquitectura, cine e incluso literatura contemporánea. Su intensidad lo convirtió en un color fácilmente reconocible, como un signo visual inmediato que remite a toda una trayectoria conceptual.