En pleno 1986, la moda era rebelde y atrevida. Lejos de la elegancia silenciosa del presente, defendida entonces por figuras como Armani, las tendencias de primavera 1986 querían hacerse notar. Situados en el punto álgido de la moda ochentera, las siluetas expandían los hombros, ceñían la cintura y expresaban un lenguaje de poder, deseo, capital social. El poder se transmitía a través de la energía, de un power dressing muy marcado.
El power dressing fue una de las imágenes más reconocibles del momento. Los trajes destinados al mundo corporativo eran angulares y voluminosos, con hombreras y chaquetas de proporciones casi exageradas, accesorios maxi en dorados y tonalidades intensas. El concepto acompañaba la incorporación de la mujer en espacios profesionales tradicionalmente masculinos, movimiento en el que Jil Sander sería una enorme influencia.
En el espacio de trabajo, la chaqueta funcionaba casi como armadura, una forma de potenciar la presencia femenina y quitarle la expectativa de delicadeza y fragilidad de otras eras. Los medios de televisión alimentaban esa estética, con series como Dynasty y Dallas forjando todo un imaginario de riqueza, ambición y glamour frontal que era nuevo para el panorama femenino. Firmas como Jil Sander, Chanel bajo Karl Lagerfeld y Escada ejemplificaban a la perfección el deseo de la mujer trabajadora del momento.
Al mismo tiempo, el culto al cuerpo reclamaba su propio espacio en la cultura. El auge del fitness, la cultura del gimnasio y la expansión de materiales como la Lycra cambiaron las siluetas de la época. Diseñadores como Azzedine Alaïa, Donna Karan o Gianni Versace decidieron acentuar las líneas del cuerpo femenino, en lugar de crear espacios rígidos sobre él. En contraposición al power dressing, aparecen los vestidos ceñidos, los monos de cuerpo entero (o bodysuits), los leggings, la ropa con troquelados que proponían un guiño a la liberación femenina.
Pero las pasarelas del 1986 no existían sin retroalimentarse de la cultura pop. En esa década, la emisora MTV destacaba figuras como Madonna, Grace Jones, las supermodelos y fenómenos audiovisuales como Top Gun, Pretty in Pink y la calle. La estética de Madonna la llevaría a su primera portada de Vogue en 1989. Con su imagen, convirtió los corsés, encajes, simbología religiosa, faldas ajustadas, crop tops y joyería statement en un lenguaje visual reconocible mundialmente. Su forma de presentarse era menos filtrada que en las pasarelas, lo cual tuvo un enorme impacto mediático y posteriormente en la moda, inspirando a figuras como Jean Paul Gaultier.