La pregunta lleva décadas persiguiendo a la industria, pero pocas veces había ocupado un lugar tan explícito como en la Met Gala 2026. La recién inaugurada exposición “Costume Art” contaba con el código de vestimenta “Fashion is Art”, sin interrogación. Para el museo Metropolitano de Nueva York, este statement es revolucionario. Por primera vez, el museo ya no aparecía relegar la moda al margen decorativo, ocupando un sótano del edificio. Con motivo de la apertura de un nuevo salón (bautizado Condé & Nast, en honor al fundador de la editorial de Vogue), el Costume Institute inauguraba sus nuevas galerías junto al Great Hall.
El sistema de la moda, en sí, nunca ha sido una disciplina aislada. Desde el trabajo de Luis XIV en la construcción de una industria nacional francesa, ligada a los gremios del tejido, el bordado y la excelencia artesanal; hasta las grandes casas contemporáneas. La moda ha reunido técnicas, oficios, imágenes, cuerpos y experiencias oníricas. Quizá por eso la pregunta sigue más abierta que nunca: ¿es la moda un arte o es, más bien, un sistema formado por muchas artes a la vez?
Parte del mundo del arte continúa viendo la moda como un territorio demasiado ligado al comercio, a la producción industrial o a la funcionalidad sobre el cuerpo. En Forbes, la escritora Tiana Randall recupera citas de Karl Lagerfeld o Miuccia Prada, ambas figuras estrechamente ligadas a la moda, y ambos reticentes a la concepción del diseñador como artista. “Art is art. Fashion is fashion”, repetía Lagerfeld, defendiendo la distancia entre ambas disciplinas. Martin Margiela, años después de abandonar su firma para dedicarse al arte, insistía también en que la moda sigue condicionada por el cuerpo, la producción y la velocidad del sistema. Es decir, que la moda está influenciada por su uso y que no puede existir por sí sola como objeto de admiración.
Y, aun así, la historia de la moda está llena de diseñadores que parecen escapar precisamente de esas limitaciones. Elsa Schiaparelli fue una figura esencial del surrealismo del siglo XX, sirviendo de inspiración para artistas como Salvador Dalí. Rei Kawakubo, en Comme des Garçons, reconstruyó la moda occidental con siluetas que servían como esculturas portátiles. El propio Andrew Bolton, comisario del Costume Institute, resumía esa contradicción afirmando en Vogue que “fashion is beyond art” porque incorpora algo que otras disciplinas no pueden replicar: la experiencia vivida del cuerpo. Curiosamente, esta definición puede fácilmente referirse a la danza. ¿Existe la danza sin el cuerpo? ¿O existe la moda exclusivamente para ser puesta?
Quizá ahí está la verdadera complejidad del debate. La moda nunca termina de encajar del todo en las categorías tradicionales del arte porque en la mayoría de los casos, está ligada a quien la lleva. La moda se ocupa, se habita, se mueve, envejece, se arruga y circula socialmente en un complejo sistema. Más allá de museos, archivos o pasarelas, la moda sigue teniendo algo incómodo para el mundo del arte: continúa siendo demasiado humana, y ligada a un concepto comercial.