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La historia de la falda de mujer

Esta semana en Milán, Miuccia Prada y Raf Simons presentaron su colección primavera/verano 2027: sesenta y tres looks construidos alrededor de una falda. La falda y todas sus variables como objeto de estudio, como el item de ropa más representativo del arquetipo Prada (un top, una falda acampanada de tablas y unos salones bajos). 

Las notas del desfile formulaban: "La falda es una obsesión de Prada. A la vez autónoma e interdependiente de la ropa que la rodea, su silueta gráfica definitiva, lineal y modernista, ofrece el único parámetro fijo para la proyección de ideas".

¿Pero cómo surge la prenda que da hoy forma a una de las firmas más importantes del mundo? Inspirados por Miuccia, en este blog te contamos una historia completa (resumida en la medida de lo posible) sobre la falda de mujer. La falda como objeto histórico, político y feminista.

Si tuvieras cualquier duda o feedback sobre temas para el blog sobre los que te gustaría leer, ponte en contacto con nosotros a través de Instagram, email y WhatsApp. 

The Complete History Of The Women's Skirt

De Sumeria a las sufragistas

La falda existe desde antes de que existiera el concepto de moda como la prenda más antigua. Una falda tejida en paja datada en torno al 3900 a.C. fue descubierta en la cueva Areni-1, en Armenia, y constituye el ejemplo físico más antiguo que se conserva de esta prenda. Antes incluso, las figurillas de la cultura Vinča, localizadas en el territorio de la actual Serbia y los Balcanes entre el 5700 y el 4500 a.C., ya mostraban figuras femeninas con prendas similares a faldas. En sus orígenes, la falda no era ni femenina ni masculina, simplemente funcionaba como la solución más sencilla y económica para cubrir la parte inferior del cuerpo.

En Mesopotamia, los sumerios llevaban una prenda llamada kaunakes, una falda de piel o tejido que imitaba el vellón de oveja. Era utilizada por hombres y mujeres por igual. En el Antiguo Egipto, los hombres portaban el shendyt, una pieza rectangular de lino enrollada en la cintura, mientras que las mujeres preferían vestidos largos o togas hasta los tobillos. 

La longitud y la calidad del tejido eran indicadores de status social: cuanto más larga y más fina la tela, mayor el rango del portador. Según Kimberly Chrisman-Campbell, autora de Skirts: Fashioning Modern Femininity in the Twentieth Century (St. Martin's Press), "los tejidos eran extremadamente caros antes de la Revolución Industrial, así que cuanto más grande era la falda, más tela necesitabas, y más riqueza estabas exhibiendo".

Fue durante la Edad Media, en Europa Occidental, cuando la falda empezó a convertirse en una prenda femenina. Los avances en la tejeduría y la sastrería de los siglos XIII al XV, como el telar de pedal y las tijeras, facilitaron la confección de calzas y pantalones para los hombres, que se adoptaron como norma. 

La falda quedó, a partir de entonces, asociada a la mujer. Entre los siglos XVII y XVIII, el volumen de la falda para mujer se convirtió en el símbolo de clase: los aros y paniers creaban las siluetas de enorme amplitud que conocemos.

El siglo XIX introdujo dos movimientos simultáneos y contradictorios. Por un lado, la moda victoriana llevó la falda de mujer a su máxima complejidad técnica con corsets, miriñaques y polisones convirtieron la moda femenina en algo constrictor, limitando su movimiento y expresando a la vez el lugar de la mujer en la sociedad. 

Aquí también surgieron las primeras voces de resistencia. Vinculada al movimiento sufragista de la primera ola del feminismo, en 1851 la activista Elizabeth Smith Miller le presentó a la editora estadounidense Amelia Bloomer una falda hasta la rodilla con perneras de pantalón de estilo turco. Bloomer promocionó esta nueva rebelión en su periódico The Lily y la bautizó con su propio nombre: los bloomers (símbolo clásico de la mujer que ahora podía moverse en bicicleta y caminar libremente). 

Fue adoptada por figuras clave del feminismo de la época, como la autora y activista Elizabeth Cady Stanton, la activista Susan B. Anthony y la oradora abolicionista y sufragista Lucy Stone. Los bloomers entonces fueron rebautizados como el "freedom dress". 

En la última década del siglo, la rainy daisy skirt, con su dobladillo a unas pulgadas del suelo para no arrastrarse por el suelo mojado, abrió el camino hacia los bajos cada vez más cortos del siglo siguiente.

La revolución de la minifalda

Pero es en el siglo XX que la falda de mujer se vuelve un instrumento político. En los años veinte, la prosperidad de la posguerra trajo consigo los famosos dobladillos cortos y figuras flapper. El economista George Taylor observaba en 1929  (dato famoso pero no globalmente reconocido) que el acortamiento de los dobladillos coincidía con el auge del mercado de medias, contribuyendo a formular el célebre "hemline index". En otras palabras, que la longitud de las faldas era un indicador de prosperidad o crisis económica. 

La teoría encontraría un mayor respaldo académico casi un siglo más tarde: en 2010, Marjolein van Baardwijk y Philip Hans Franses, de la Erasmus School of Economics, analizaron datos de revistas de moda y medidas del PIB entre 1921 y 2009 y encontraron una cierta correlación, aunque con un margen de aproximadamente tres años respecto a las oscilaciones del mercado.

La Gran Depresión bajó los dobladillos de nuevo. En 1947, Christian Dior volvió a alargar los bajos deliberadamente con su New Look: faldas largas y acampanadas con cinturas ceñidas dobladillos a la altura del gemelo. En 1954, su colección H-line introdujo la falda lápiz tal como la conocemos: recta y ceñida, que alargaba la pierna y acentuaba las caderas. La llevaron Grace Kelly, Sophia Loren, Audrey Hepburn y Marilyn Monroe, cada una con una forma distinta de llevar la misma pieza.

El momento más conocido en Europa llegaría en 1964 con la minifalda de Mary Quant. La diseñadora inglesa la volvió un hito de las calles del barrio de Chelsea, bautizándola con el nombre de su coche (un Mini Cooper). El diseñador futurista André Courrèges presentó un look similar ese mismo año en París, y el diseñador John Bates también ha sido señalado como posible precursor de la famosa silueta doll de los 60.

La minifalda supuso un statement político sobre la liberación del cuerpo femenino junto a la segunda ola del feminismo histórico. Kimberly Chrisman-Campbell, autora de Skirts: Fashioning Modern Femininity in the Twentieth Century (St. Martin's Press): "Nadie pensó que fuera sexy en un principio. Hacía que las mujeres parecieran niñas pequeñas jugando a disfrazarse. La minifalda abordaba un hueco del mercado: mujeres jóvenes que no querían parecerse a sus madres". 

Desde entonces, ningún largo ha dominado de forma prolongada. Los ochenta trajeron la falda como elemento del power dressing y la incorporación de la mujer al mercado laboral. Los noventa volvieron objeto central del minimalismo con figuras como Jil Sander, antes de que la minifalda volviera impulsada por fenómenos mediáticos como las  Spice Girls y Clueless. En la actualidad, la variedad de siluetas responde a tendencias de moda que guardan poca similitud con los auges y caídas del mercado internacional.

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