Muchos asumen que aquellas imágenes de la camiseta como ropa interior en el siglo XIX, o como dispositivo potenciador del atractivo de actores en el siglo XX, firmarían un origen para esta prenda de ropa. Sin embargo, el contexto real es mucho más complejo. La historia de la camiseta blanca es un nivel sociológico superior a la historia de la camiseta sui generis. Desde los linos blancos egipcios, las togas grecolatinas y las ostentosas chorreras medievales; los tejidos blancos simbolizaban poder y riqueza.
Las medidas laborales y sanitarias de estas eras dificultaban el mantener una pieza de ropa, especialmente blanca, en su tono original. De esta manera, solo segmentos muy específicos de la sociedad lograban distinguirse a través de su joyería, su armería, y por supuesto, el blanco de su ropa. No podemos olvidar las estampas y representaciones oníricas de héroes y deidades, a menudo vestidas en amplios tejidos blancos que simbolizaban pureza terrenal. En definitiva, el blanco era un tono muy difícil de lograr y mantener hasta épocas recientes.
La forma más remota de una camiseta blanca, tal como la conocemos, remite a prendas interiores en forma de T, usadas durante siglos para: separar el cuerpo de tejidos más ásperos, absorber sudor y mantener una cierta idea de decoro. Es decir, las prendas blancas transitaron al interior, formando parte de la ropa íntima y la privacidad. Una capa humilde, invisible, vinculada a la pureza, al control y a la moral.
Con la industrialización del algodón en el siglo XIX, y la expansión de la producción en masa entre finales del mismo siglo, la pieza se simplificó. Los antiguos union suits que se llevaban bajo la ropa de trabajo dieron paso a camisetas interiores más ligeras, prácticas y fáciles de lavar. Algo que hoy es un básico tiene su origen enuna solución para trabajar más cómodamente. Es por eso que las camisetas blancas y sin mangas a menudo aparecen junto a piezas vaqueras, por ser coetáneas como prendas de trabajo.
La Marina estadounidense la eligió a comienzos del siglo XX como la prenda interior reglamentaria: blanca, de algodón, transpirable, y útil en climas cálidos. La camiseta empezó así a circular a gran escala entre trabajadores, soldados y padres de familia, asociada a una masculinidad clásica y pulcra. O esa era la intención, porque indudablemente apareció también una importante carga erótica: ajustada al torso, cercana a la piel; seguía siendo ropa interior, y por eso al verse en público, arrastraba un aire de intimidad visible.