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EL NUEVO LOEWE DE JACK Y LAZARO

La moda se reinventa en ciclos, y 2025 no ha dejado indiferente a nadie: cambios para sostener el deseo por las marcas a través de nuevas visiones creativas. Cada relevo creativo no es solo un cambio de firma; es un cambio de mirada sobre cómo habitamos su ropa, sus valores y qué historias queremos contar. Loewe, casa de artesanía radical y curiosidad cultural, vuelve a situarse en ese mismo punto de inflexión.

Más allá de lo estético, para Jack McCollough y Lazaro Hernandez importa la materialidad y el tacto: un diálogo honesto con la idea de “lo español” contemporánea a través de las formas, las texturas y la artesanía. En este blog trazamos el camino de ese umbral: quiénes son Jack y Lazaro, qué propone su primera colección y cómo los complementos reescriben el lenguaje de la casa.

Aquí empieza el nuevo Loewe.

THE NEW LOEWE BY JACK AND LAZARO

¿Quiénes son Jack y Lazaro?

El nombramiento de Jack McCollough y Lazaro Hernandez (grafía anglosajona) al frente de Loewe marca uno de muchos momentos en que la moda ha reordenado su tablero en 2025. El dúo, conocido por haber fundado y dirigido Proenza Schouler durante más de dos décadas, llega a la maison española tras la salida de Jonathan Anderson. 

Y no se trata de un listón nada bajo, pues la huella experimental y artesanal de Anderson ha definido la última década de la casa y redefinido sus casi 200 años de historia. La expectativa no es menor: Loewe se encuentra de nuevo en el centro de la atención global en cuanto a su identidad, artesanía y lujo intelectual.

Formados en la Parsons School of Design, McCollough y Hernandez irrumpieron en la escena neoyorquina con una visión propia que buscaba unir modernismo y sensibilidad artística. Desde sus inicios, sus colecciones para Proenza Schouler se construyeron desde la investigación cultural: libros, museos, viajes y conversaciones académicas que fueron tan relevantes como las técnicas, los tejidos o los patrones. Esta raíz intelectual los convirtió en referentes de un lujo pensado para la mujer contemporánea neoyorquina: curiosa y exigente, que veía en sus prendas un espacio de reflexión estética.

Una curiosa anécdota cuenta que Lazaro Hernandez se topó con la misma Anna Wintour en un vuelo tras graduarse en Parsons. Durante el trayecto, Wintour recibe una nota escrita en papel de Hernandez, que de alguna manera se tradujo en las primeras prácticas formales de Lazaro en una de las grandes firmas de principios de los 2000. Todo gracias a un encuentro fortuito.

Pronto, sus diseños fueron reconocidos con premios CFDA y sus bolsos alcanzaron estatus de culto. Sus colecciones se movían en el punto intermedio, o bliss point, como dicen en inglés, entre el arte conceptual y un pragmatismo muy cosmopolita. Una metodología que parece hecha a medida para el escenario actual de la moda.

Su llegada a Loewe supone un giro significativo. Si Anderson llevó la casa hacia un territorio híbrido entre surrealismo y artesanía, Jack y Lazaro prometen profundizar en lo matérico mientras mantienen su relación con el arte contemporáneo. Ambos comparten con Loewe la fascinación por la técnica, la obsesión por el detalle a descubrir, y un deseo irrefrenable de conectar con la cultura más amplia. Pero aportan además una mirada estadounidense, pragmática y contemporánea, capaz de dialogar con las raíces españolas de la maison y con el escenario global.

Su primera colección para Loewe

Su presentación Loewe Primavera Verano 2026 fue un inicio con claridad. Jack McCollough y Lazaro Hernandez debutan en París con una propuesta que ordena sus influencias contemporáneas en color, materia y fisicalidad. Su nuevo rumbo lo definía la entrada del espacio, con la obra Yellow Panel with Red Curve de Ellsworth Kelly presidiendo la entrada. En amarillo y rojo intensos, su geometría exacta parecía un mensaje de lo que estaba por venir. Un prólogo cromático que anclaba la colección en una idea de “españolidad” luminosa y muy táctil. Dentro, bancos de madera barnizada, música con un ritmo tribal casi hipnótico y una propuesta muy definida y muy centrada en el cuerpo. En general, la colección tuvo una fuerte inspiración marina, inspirada en la ropa de buceo y acentuada por el cabello mojado y peinado hacia atrás de las modelos.

Caminaban siluetas depuradas y geométricas, chaquetas de cuero con una especie de peplum en la cintura y hombros autoritarios. Minivestidos que se sostenían como placas escultóricas. Parkas, bombers y abrigos potentes pero ultraligeros, que introducen estilismos en capas traducibles al día a día. La piel ocupa el centro de su visión, expandiendo un toque sensual que Anderson ya había comenzado a explorar en líneas como Loewe Paula’s Ibiza

Vestidos moldeados y pintados a mano. Superficies planchadas hasta un efecto arrugado controlado. Tintes manuales que creaban volúmenes con trampantojo. Panelados que sugieren intarsias nuevas para Loewe. Incluso surge un diálogo con la tecnología: piezas casi en 3D que no perdían la ternura y calidez de la marca. La cuestión resulta técnica y primitiva a la vez: ¿hasta dónde podemos empujar la artesanía sin borrar su definición? Aquí, las huellas permanecen, aunque se disimulen.

Los colores cítricos articulan el discurso: amarillos, rojos y naranjas capturaban la mirada del front row. Aparecían también verdes, azules y naranjas en escalas veraniegas como un reflejo modernista del paisaje mediterráneo. Rayas que evocan jarapas alpujarreñas andaluzas sin caer en la referencia o imitación literal. 

Los guiños lúdicos y joviales, felizmente, persisten en la nueva visión de Loewe: vestidos-toalla impresos en 3D, un bolso Loewe cubierto de mejillones… Todo trazado en un universo donde la obra de Kelly funcionaba como hilo conductor.

El estilismo fue un protagonista clave, empezando el desfile con varios looks con jerseys Loewe anudados al hombro funcionando como crop-tops. Shorts de cuero, camisas fluidas, capas que suman complejidad visual.

Su primera entrega resulta coherente, sensual y material, honrando el archivo y reabriendo el futuro.

Los complementos

En Loewe, los complementos no son secundarios. Son el núcleo vivo y original de la marca, el lienzo donde se han escrito las páginas más reconocibles y memorables de su historia. Jack McCollough y Lazaro Hernandez lo entendieron a la perfección. Desde su debut, han situado bolsos y zapatos como elementos clave del discurso, con el rol de condensar tanto la herencia artesanal de la casa como su voluntad de experimentar con lo inesperado. Hubo una presencia menor de complementos por salida en el desfile, pero cada uno marcaba un nuevo paso clave del nuevo rumbo de Loewe.

El gran protagonista fue el Amazona 180, una reinvención del icono que celebra los 180 años de Loewe. El nuevo diseño mantiene la solidez estructural del original, pero introduce un aire menos rígido: “slouchy”, con un asa de mano única (y una de hombro plegada) y un nuevo logo de doble L con el Anagrama partido a la mitad (insignia clave de esta nueva colección). El resultado es un híbrido entre la herencia y la actualidad, pensado para habitar el día a día con toda la sofisticación de Loewe. Su lenguaje conecta con la idea de emanación de energía positiva que el dúo neoyorquino asocia a la marca: amplitud de miras, la importancia del tactoen la experiencia y cercanía en la presentación.

Nuevos hitos surgen desde el terreno jovial de Loewe. Un bolso recubierto de mejillones se convierte en objeto viral, a medio camino entre lo escultórico y la referencia directa a la vida mediterránea. El Flamenco, otro clásico histórico de la casa, reaparece con cierres que evocan el movimiento de un vestido flamenco: capas en colores vivos que esconden los objetos del interior. Son guiños a España sin caer en lo literal, señas de pertenencia cultural filtrados a través de la técnica y el humor. Muy Loewe.

Los nuevos zapatos Loewe también marcaban un punto de inflexión. Los pumps de origami, inspirados en el plegado japonés, se construyen con un tacón hueco y lazos doblados a mano. Una gama de zapatos tipo jelly shoes transparentes con tacón bajo adquirían los colores de los calcetines puestos como base. Algunos de estos modelos también surgen en colores de la colección, como el amarillo. Junto a ellos, clutches de cristal soplado a mano, con 45 horas de trabajo detrás, revelan hasta dónde puede llegar el lujo como arte aplicado. Cada pieza es única, irrepetible, casi más una obra de museo que un objeto de consumo.

Los complementos, en definitiva, son el campo donde Loewe demuestra que artesanía y contemporaneidad van de la mano. McCollough y Hernandez trazan un mapa de objetos que funcionan como su nuevo lenguaje. Un lenguaje propio que comienza, como siempre en Loewe, en la piel y sus infinitas metamorfosis.

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