Pareciera que el confort-dressing o el normcore que surgió tras 2020 no desapareció, sino más bien se transformó. El sector de ropa deportiva anticipa un crecimiento hasta 400.000 millones de euros para 2030 (un 6% de incremento anual hasta 2030, de acuerdo con McKinsey & Co.), influencia que se hace notar en diversas firmas y tendencias. El sport-dressing más colorido empezaba el año pasado en las colecciones de hombre, de la mano de Saint Laurent, Maison Margiela y Gucci. Pero en 2026, son Miu Miu, Loewe, Celine, Jil Sander y la misma Saint Laurent quienes traducen con mayor intensidad la moda más deportiva al armario de la mujer.
La moda vive un periodo de transición en la que sigue buscando su equilibrio: aquel entre la elegancia más sobresaliente con un pilar central arraigado en la comodidad y la vertiente más casual. Lo multifunción está en auge, prendas que fácilmente bailen entre oficina, quehaceres y formalidades.
Jil Sander, de nuevo, actúa como contrapeso y entra por la vía del material y la línea, no por la literalidad deportiva. Sus siluetas ajustadas y acortadas evocan híbridos entre las piezas de tenis, danza y gimnasio. Una colección concebida no como estática, sino como un cuerpo en movimiento.
En Miu Miu, esa lectura se traduce en capas ligeras, prendas que parecieran pensadas para salir corriendo y, aun así, quedarse en terreno sofisticado. Hay referencias a equipaciones deportivas y preppy (puro estilo Miu Miu), a polos y a piezas que recuerdan a las rutinas de entrenamiento, ahora reubicadas en un estilismo que coquetea con lo juvenil y lo couture. Paralelamente, Jack McCollough y Lazaro Hernandez han impulsado el aire sporty de Loewe hacia lo sensorial: el imaginario sensual del sudor, el agua de mar, el cuerpo mojado, el roce de la toalla y tejidos que evocan surf como cauchos y neoprenos. Drapeados que imitan toallas, faldas pareo, y tonalidades que parecen estar eternamente iluminadas por el sol.