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SIEMPRE NOS QUEDARÁ PARÍS

La capital internacional de la moda acoge esta temporada algunos de los debuts más esperados. París supera su rol como fondo, participando activamente en cada desfile. Se traza así un diálogo entre su historia y las colecciones que se muestran. Bajo la Torre Eiffel, en los jardines de las Tullerías o en claustros medievales, el epicentro de la moda mundial dialoga con los iconos culturales de la ciudad.

La urbe se presenta como laboratorio de storytelling. Cada firma debe articular una visión capaz de definir su tiempo. Dior y Loewe inauguraban nueva visión creativa, mientras Acne Studios y Saint Laurent reafirmaban su posición como líderes de su público.

Descubre lo último de la Semana de la Moda de París.

WE'LL ALWAYS HAVE PARIS

Jonathan Anderson se estrena en Dior

Decía Beka Gvishiani (@stylenotcom), que el set de Dior (1947) para la primera colección de mujer de Anderson se encontraba a unos 1947 pasos del lugar de su primer desfile, en Avenue Montaigne. No podemos comprobarlo con certeza, pero sí sabemos que esta nueva era de Dior se inaugura con éxito y expectación. No fue un debut absoluto, puesto que en junio ya había mostrado su propuesta masculina. Ver su desfile para Dior Homme es una excelente manera de introducirse en el nuevo lenguaje de Dior: joven, fresco y Anderson.

En los jardines de las Tullerías, bajo una pirámide invertida diseñada por Luca Guadagnino, Jonathan Anderson debutó al frente de la línea femenina de Dior. El desfile se abrió con un cortometraje de Adam Curtis, que tejía imágenes de todo el archivo histórico de la maison. Referencias políticas, desfiles, backstage y escenas de culto pop trazaban el camino andado hasta este punto de inflexión. El mensaje fue claro: resaltar el legado de sus predecesores, antes de iniciar un nuevo camino.

En pasarela, Anderson tensó los códigos fundacionales con su característico humor y precisión. El Dior New Look se vio revisado con minifaldas que subvertían el recuerdo del Dior Bar Jacket, abrigos plegados sobre sí mismos, volúmenes imposibles, chaquetas abiertas en la cintura y un lenguaje de proporciones entre lúdico e incisivo. Hubo denim rosa, cuero negro, sastrería de hombros tensados y tocados en forma de aves negras que aportaban dramatismo.

El archivo fue punto de partida, pero no necesariamente de destino. Así nació La Cigale, un nuevo bolso inspirado en el vestido de Christian Dior 1952. El calzado juega con transparencias, máscaras homenaje a Roger Vivier para Dior y cortes divertidos. Los lazos, hilo conductor del desfile, dejaron de ser mero ornamento para convertirse en parte estructural de los looks: transformados en faldas, bustiers y colas de vestido. 

Si bien seguidores de Galliano anticiparon más teatralidad, y de Maria Grazia esperaban cierta sencillez, lo cierto es que Jonathan Anderson para Dior S/S 2026 es un ejercicio de dominio de la firma. Una toma de contacto con un emblema internacional de la moda, con capítulos muy fuertes en su pasado, y una larguísima trayectoria histórica. La ovación final y la reacción de la crítica reafirmaron lo que el propio diseñador resumió con su tímida sencillez: “Dior is drama”. Anderson le ha devuelto esa intensidad a Dior, abriendo un nuevo ciclo reflexivo y moderno para la maison.

Loewe: colores de la Península

La expectación era inevitable. Apenas unos días después del debut de Jonathan Anderson en Dior, Loewe abría un capítulo nuevo con Jack McCollough y Lázaro Hernández al frente. Los fundadores de Proenza Schouler escogieron un Ellsworth Kelly como prólogo, un lienzo amarillo y rojo en la entrada que anticipaba lo que vendría: color, energía y una sensualidad casi enérgica.

El desfile se orientó hacia una visión de Loewe más física, más directa. Chaquetas de cuero moldeadas como trajes de buceo, vestidos toalla, minifaldas (muy) veraniegas y camisetas arrugadas que contaban un verano en la playa, un espíritu playero, desenfadado y deportivo acompañado por el cabello mojado de las modelos. Pero también desfiló el altísimo rigor de la casa española: piezas de sastrería con bordes arquitectónicos, numerosas camisas superpuestas en capas y tejidos tratados artesanalmente, desde cuero pintado a mano hasta bolsos realizados en cristal soplado. Todo un magistral subrayado de la herencia artesanal de Loewe.

En paralelo, la influencia española se hizo visible en la exaltación del cuerpo y en las ideas de calor, piel y libertad. Hernández lo resumió con: “Hay una libertad de expresión y una cualidad emocional muy feroz, ardiente y candente”. Esa temperatura se tradujo en vestidos ceñidos, cuero casi líquido, jerseys anudados en función de crop tops y anoraks abombados en colores primarios. El nuevo Amazona 180, con asa única y un deje slouchy, marcó el inicio de una nueva línea de accesorios. El nuevo Loewe Flamenco contaba con volantes que relevan colores intensos en su interior.

Lo que distinguió este debut fue su intención. McCollough y Hernández jugaron con una nueva exuberancia sin abandonar el énfasis la precisión técnica de Loewe, demostrando su capacidad de traducir los códigos de la casa a un nuevo vocabulario transatlántico. Su paleta, inspirada en la luminosidad mediterránea, transmitía una euforia particular, mientras sus siluetas mantenían guiños a su trabajo personal y a sus inclinaciones artísticas. El resultado fue un encuentro entre dos temperamentos culturales: la energía española y el arte y la modernidad neoyorquina.

Lejos de borrar los once años de Anderson, McCollough y Hernández optaron por escuchar los códigos de la maison y trabajar una extensión de su etapa más ferviente: cuero, artesanía e ingenio en materias. Su debut no fue un giro de 180º, sino un equilibrio entre respeto a la herencia y juego con el presente. Loewe se mostró cercano y, a falta de una mejor descripción, enérgico. La promesa, ahora, es un Loewe propio, marcado por la intensidad peninsular y la frescura neoyorquina de sus nuevos directores.

Saint Laurent: el eterno poema a París

Quién puede olvidar aquella imagen de Laetitia Casta envuelta en rosas para una de las últimas propuestas del Maestro Yves Saint Laurent, en 1999. Esta temporada, no fuimos los únicos en recordar el momento al instante al descubrir el set para el desfile: un jardín francés de hortensias al pie de la Torre Eiffel con la forma del logo Cassandre (YSL). La atmósfera era inconfundiblemente parisina, cargada de nostalgia y de expectación, como si la propia ciudad se hubiera preparado para mostrar de la visión de Vaccarello.

Como cada temporada, la Semana de la Moda de París comenzaba bajo la silueta centelleante de Eiffel con la propuesta de Anthony Vaccarello, donde el bullicio parisino pareciera detenerse para presenciar sus desfiles al aire libre. La primera fila, saturada de iconos globales, afirmó la magnitud del acontecimiento. Un recordatorio de que los desfiles de Saint Laurent son importantísimos momentos de representación cultural.

La colección primavera/verano 2026 se desplegó en tres actos diferenciados. Primero, el cuero como armadura: chaquetas de hombros ochenteros, faldas tipo lápiz, blusas con lazadas (herencia de su colección masculina de 2023) y ecos de Robert Mapplethorpe con la salida de cada pieza de cuero. Su sensualidad disciplinada, casi militar, contrastaba con la delicadeza del escenario. 

En el segundo acto, vestidos en tejido paracaídas y trench en colores vivos evocaban el espíritu de aquella línea Rive Gauche de 1966 (momento pionero en el prê-a-porter). En un presente convulso, su ligereza nos recordaba que todo vuelve, y que tras momentos tensos, llega la euforia y la liberación. Flotaban como símbolos de resistencia y renovación, cargando con una urgencia contemporánea bajo sus superficies vaporosas.

El tercer momento fue un culmen de dramatismo. Vestidos extremadamente voluminosos en tejidos técnicos, con referencias a Madame X del Sargent de Proust, o a la propia Marie Antoinette. Como una liberación de la apatía aristocrática, las modelos avanzaban a paso firme, con colas de alto vuelo que flotaban tras ellas dejando huellas de poder. Era como si Vaccarello hubiera destilado la esencia del legado de Saint Laurent, sensual pero austero, seductor pero desafiante; en una visión para el presente. Sus siluetas ofrecieron a las mujeres una forma de armadura, prendas que transmitían un sentido de autoridad. En París, bajo las luces de la torre, Saint Laurent volvió a definir lo que puede significar el glamour moderno: una exhibición de fuerza, belleza y memoria replanteada para una era inquieta.

Acne Studios: ¿y si nos rebelamos?

Jonny Johansson ha creado algo único, con un aire similar a los inicios de su firma: un colectivo artístico que toca diversas disciplinas. Su subversión de la moda y capacidad innovadora demuestran que Acne Studios no es solo polifónica, sino también polimorfa.

Su pasarela para 2026 se desplegó bajo las bóvedas góticas del Collège des Bernardins. El escenario evocaba un espacio deliberadamente muy masculino, pero Jonny Johansson lo usó para desdibujar precisamente esas categorías. La colección se presentó como una cápsula del presente: una reflexión sobre cómo se solapan feminidad, masculinidad, cotidianidad y performance en la construcción de una identidad compleja. Como Whitman, una que contiene multitudes.

El desfile se desarrolló sobre camisas de leñador y chaquetas deconstruidas, desgarradas y recompuestas con experimentación táctil. Denim re-tratado con látex, cueros encerados, pintados y desgastados, uniformes reimaginados y una sensación general vintage y vivida. Una pátina creativa que transmitía sensaciones de ropa vivida, utilizada; marcada por el trabajo físico. Frente a esta crudeza surgía una feminidad más incisiva: encajes de patchwork convertidos en segundas pieles, vestidos y estructuras que exageraban el cuerpo hacia algo escultórico.

La banda sonora, encargada a la artista Robyn con nuevos temas y una versión revisada de Robotboy junto a Yung Lean, subrayó ese vaivén constante entre sentimental y bruto. La propia artista, sentada en primera fila vestida de cuero acharolado, se convirtió en la imagen perfecta de la colección. Música y moda se fundieron en un mismo diálogo entre rebeldía y melancolía, subrayando la dualidad emocional que persigue Johansson.

Abundaron piezas deseables: botas cowboy hasta el muslo, chaquetas de esmoquin oversize y versiones actualizadas de los bolsos Camero y Hotel en cuero con flecos. Estos aportaron cierto grado extra de genialidad y atractivo comercial, reforzando la mezcla única de intelecto y frescura al estilo Acne. Lo que emergió fue menos un vestuario estacional, y más un manifiesto de la cambiante identidad contemporánea. Así, Acne Studios consolidó su papel como sismógrafo del zeitgeist: una firma que traduce las sensaciones del presente en moda altamente deseable, mientras se niega a encajar en una única definición.

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