La expectación era inevitable. Apenas unos días después del debut de Jonathan Anderson en Dior, Loewe abría un capítulo nuevo con Jack McCollough y Lázaro Hernández al frente. Los fundadores de Proenza Schouler escogieron un Ellsworth Kelly como prólogo, un lienzo amarillo y rojo en la entrada que anticipaba lo que vendría: color, energía y una sensualidad casi enérgica.
El desfile se orientó hacia una visión de Loewe más física, más directa. Chaquetas de cuero moldeadas como trajes de buceo, vestidos toalla, minifaldas (muy) veraniegas y camisetas arrugadas que contaban un verano en la playa, un espíritu playero, desenfadado y deportivo acompañado por el cabello mojado de las modelos. Pero también desfiló el altísimo rigor de la casa española: piezas de sastrería con bordes arquitectónicos, numerosas camisas superpuestas en capas y tejidos tratados artesanalmente, desde cuero pintado a mano hasta bolsos realizados en cristal soplado. Todo un magistral subrayado de la herencia artesanal de Loewe.
En paralelo, la influencia española se hizo visible en la exaltación del cuerpo y en las ideas de calor, piel y libertad. Hernández lo resumió con: “Hay una libertad de expresión y una cualidad emocional muy feroz, ardiente y candente”. Esa temperatura se tradujo en vestidos ceñidos, cuero casi líquido, jerseys anudados en función de crop tops y anoraks abombados en colores primarios. El nuevo Amazona 180, con asa única y un deje slouchy, marcó el inicio de una nueva línea de accesorios. El nuevo Loewe Flamenco contaba con volantes que relevan colores intensos en su interior.
Lo que distinguió este debut fue su intención. McCollough y Hernández jugaron con una nueva exuberancia sin abandonar el énfasis la precisión técnica de Loewe, demostrando su capacidad de traducir los códigos de la casa a un nuevo vocabulario transatlántico. Su paleta, inspirada en la luminosidad mediterránea, transmitía una euforia particular, mientras sus siluetas mantenían guiños a su trabajo personal y a sus inclinaciones artísticas. El resultado fue un encuentro entre dos temperamentos culturales: la energía española y el arte y la modernidad neoyorquina.
Lejos de borrar los once años de Anderson, McCollough y Hernández optaron por escuchar los códigos de la maison y trabajar una extensión de su etapa más ferviente: cuero, artesanía e ingenio en materias. Su debut no fue un giro de 180º, sino un equilibrio entre respeto a la herencia y juego con el presente. Loewe se mostró cercano y, a falta de una mejor descripción, enérgico. La promesa, ahora, es un Loewe propio, marcado por la intensidad peninsular y la frescura neoyorquina de sus nuevos directores.